Un poco de libertad de expresión para que llegue a creer que existe la casta política española

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La libertad de expresión : Aquí se manifiesta para delatar a la casta política que no hace más que gruñir en una cómoda y rentable grada en la primera fila de una atracción llamada “Circo España”

A algunos librepensadores, que muchos quedan todavía, nos da cierto asco la osadía de esos que utilizan cemento en la cara para hablar en público, y ni siquiera por su perfidia demostrada se les cae por sus malos actos ni tan siquiera la última lagrima de honradez que nunca consiguieron poseer, al convertirse en políticos con poca flema, gallardía y principios de igualdad que creen estar a mayor altura dialéctica que los demás, por tener la vocación oculta de desear salir siempre al escenario como miembros de la hipócrita sonrisa en el club de la comedia mundana, que no puede disimular ya su poca gracia y falta de empatía, con una sociedad que todavía aguanta el desdén y las travesuras de quienes se cobijan entre siglas y falsas e inútiles promesas como proclamas exclamadas en instantes de euforia desmedida.

Repiten siempre el mismo mantra esos malditos bastardos y lo cocinan dependiendo a quienes se dirijan, cuando requieren ser elegidas sus candidaturas como las más votadas para seguir ninguneando el pastizal humano, probablemente para convertirse en dioses que no existen, de un gobierno de patriarcas, ignorante y mediocre sin reconocer a nadie ni verse en algún instante de su carrera de obstáculos reflejado frente al espejo del arrepentimiento, el mismo en el que podría verse algún día como un familiar muy próximo que pide volver de su destierro desde algún remoto lugar.

Esos son los políticos en una gran mayoría, pues los demás no cuentan por carecer de carisma y haber pasado fácilmente la prueba del nueve, que los sentenció para siempre en la caja del olvido por no desear participar en el circo como equilibristas que no son. Esos que lo prometen todo con riesgo de grillete asegurado para después desdecirse y no querer admitir que jamás hicieron nada, salvo los aficionados a “payasos” que la inercia trajo con un viento, el mismo que ulula casi silenciosamente sin pretender asustar a nadie y que anticipa borrascosas consecuencias si se sigue debatiendo el futuro de ellos y no el del conjunto de la sociedad.

Echan mano de todo, mienten más que hablan, se aprovechan de su posición y de conocer por derecho indecente de su privilegio lo que a los demás les supone un duro castigo y a ellos una tierna amonestación. Utilizan perfectamente las modas y modismos que exigen los medios de comunicación para tener su imagen latente e impresa en papel periódico, vitra o “cuché”, aunque sea en un rinconcito de una página par, o virtualmente en un móvil entre noticias de asesinatos, atracos y corruptelas que mucho les llaman la atención de las paternidades que ya quisieran ellos con mayor encubrimiento no destacar, o en unos segundos aparecer en la última edición de un telediario tras el anuncio de que la economía va mal, apareciendo ellos para vocear que tienen el remedio perfecto para que ese melodrama no se exhiba en las carteleras de los pocos cines que quedan.

Y todos esos postureos, la recogida basura en su hipocampo de frases manidas en un mudo vocabulario hortelano y campechano para repetirlas hasta la saciedad, hacen que esos parlanchines que hablan para no decir nada y empujan para comprometerse a ser unos zánganos, que revolotean entre avispados proveedores a los que algo sacar, ya sea para lucrarse y así amortizar las sonrisas a todas horas, los abrazos de “judas” o el acoso de una serpiente de verano que los asfixia de vez en cuando, sospechando si la abolición de la Ley que les protege como aforados frente a una justicia tardía que desbordada está será inminente, aunque ya se han blindado para decir que solo el 0,25 % de los tutelados la van a tener que asumir, lo que hace nuevamente pensar que se desenvuelven como cerdos con collar y marchamo mimados en un corral, con tribuna parlamentaria y un micrófono abierto para oír los  ¡oenc, oenc! u ¡oinc, oinc!  de la oposición que gruñe sin pudor, pasando todos por el crisol por ende desapercibidos por un ensayo casi real en los juegos de la tan mal llamada democracia, de las que se les llena la boca hasta soltar las babas y su pestilente olor al azufre que destila el caos, el desorden y la cantinela de que somos el país con más libertad de expresión en un estado del bienestar que llama a derribo y vuelta a comenzar.

Están esos que van de pacificadores con el ego por las nubes, sin darse cuenta que han armado un gran espectáculo de malestar en esa carpa llamada “Circo España”, con más remiendos y goteras de las que pudimos imaginar.


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