Un presidente que odia a España y lo hace sin motivos, quizá por ignorancia

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Al parecer el presidente de México, señor Andrés Manuel López Obrador, político y escritor según cuentan quienes le conocen en profundidad, añadiendo que tiene voluntad pero no muy buenas dotes para contar la historia cuando debe ser narrada con verdad, máxime cuando sus apellidos se relacionan con la casta dominante española de hace siglos en su localidad, de la que sin duda desciende, pues indígena no lo parece y su firma en su cédula no hay otros apellidos que así definan lo contrario, lo que nos hace entrever que le va muy bien tener un contencioso constante con el todavía reino de España, al que le ha pedido con desairado e irreconciable muestra amigable, se sirva reconocer sus malas artes y matanzas indiscriminadas, así como una serie de disculpas para hacerle feliz, mientras astutamente se cuela en su dentadura un mondadientes para forzar una cruel sonrisa que poco le favorece.

De lo dicho y poner en tela de juicio el villano comportamiento de López Obrador, arremetiendo cada vez que tiene ocasión en producir un seria situación de disputa a perplejidad y disgusto por una culpabilidad inexistente, cuando en la España de los Borbones ayudó, además de lo que a continuación queda aclarado, a México a amotinarse contra los “napoleones” invasores, resultando que ahora viene éste político y lo cuenta como le viene en gana, con la ira y rabia de un descerebrado que intenta buscar un chivo expiatorio, para distraer a sus casi 130 millones de compatriotas en sus 1.964.375 km2, 4 veces más de superficie de la que tiene España.

El historiador argentino de pluma fina y acertada Juan Marcelo Gullo Omodeo (académico, escritor, analista y consultor en relaciones internacionales ) considera un bobalicón a López Obrador al haberle citado y de paso ofender su profesionalidad, como casi siempre suele hacer el oportunista con un palo en el trasero cuando el papel higiénico de sus difamaciones no suele ser suficiente, a razón de una entrevista aparecida en el periódico El Mundo del día 23 de julio 2021, en que se expresaba sin rubor que España liberó América de los aztecas, lo que dio motivo a una desenfrenada y vomitiva respuesta de rechazo por parte del mandatario mexicano a la afirmación, originando a continuación que casi un mes después se le respondiera con la siguiente aclaratoria: 

 
Carta a López Obrador sobre aztecas y entrañas humanas.

Estimado señor presidente de la República de México don Andrés Manuel López Obrador
.

El pasado 13 de agosto, con ocasión de cumplirse el 500 aniversario de la liberación -para usted caída- de Tenochtitlán citó textualmente, sin nombrarme, un párrafo de la entrevista que el diario EL MUNDO tuvo a bien realizarme el viernes 23 de julio a raíz de la publicación en España de mi libro Madre Patria. Desmontando la leyenda negra desde Bartolomé de las Casas hasta el separatismo catalán.

En su discurso usted afirmó: «Hay asuntos que deben aclararse en la medida de lo posible. Por ejemplo, hace unos días un escritor pro-monárquico de nuestro continente afirmaba que España no conquistó a América, sino que España liberó a América, pues Hernán Cortés, cito textualmente, “aglutinó a 110 naciones mexicanas que vivían oprimidas por la tiranía antropófaga de los aztecas y que lucharon con él”.

Usted también me acusó sin ningún tipo de pruebas –y sin haberse tomado siquiera la molestia de ojear mis antecedentes académicos o de recabar información sobre mi trayectoria política antimperialista– de ser un representante del pensamiento colonialista.

Coincidiendo con su apreciación de que hay asuntos que deben aclararse quisiera recordarle que, como afirma el arqueólogo mexicano Alfonso Caso, quien fuera rector de la Universidad Nacional Autónoma de México, «el sacrificio humano era esencial en la religión azteca».

Es por ese motivo que en 1487, para festejar la finalización de la construcción del gran templo de Tenochtitlán -del cual usted, el pasado 13 de agosto, inauguró una maqueta monumental- las víctimas del sacrificio formaban cuatro filas que se extendieron a lo largo de la calzada que unían las islas de Tenochtitlán. Se calcula que en esos cuatro días de festejo los aztecas asesinaron entre 20.000 y 24.000 personas.

Sin embargo Williams Prescott, poco sospechoso de hispanismo, da una cifra más escalofriante. «Cuando en 1486 se dedicó el gran templo de México a Huitzilopochtli, los sacrificios duraron varios días y perecieron 70.000 víctimas».

Juan Zorrilla de San Martín en su libro Historia de América relata que «cuando llevaban los niños a matar, si lloraban y echaban lágrimas, más se alegraban quienes los llevaban, porque tomaban pronósticos que habían de tener muchas aguas lluviosas en aquel año».

«El número de las víctimas sacrificadas por año», tiene que reconocer Prescott, uno de los historiadores más críticos de la conquista española y uno de los más fervientes defensores de la civilización azteca, «era inmenso.

Marvin Harris

Casi ningún autor lo computa en menos de 20.000 cada año, y aún hay alguno que lo hace subir hasta 150.000».

Marvin Harris (1927-2001) en su famosa obra “Caníbales y Reyes” relata: «Los prisioneros de guerra, que ascendían por los escalones de las pirámides, […] eran cogidos por cuatro sacerdotes, extendidos boca arriba sobre el altar de piedra y abiertos de un lado a otro del pecho con un cuchillo… Después, el corazón de la víctima -generalmente todavía palpitante- era arrancado… El cuerpo bajaba rodando los escalones de la pirámide.

¿Dónde eran llevados los cuerpos de los cientos de seres humanos a los cuales, en lo alto de las pirámides, se les había arrancado el corazón? ¿Qué pasaba luego con el cuerpo de la víctima? ¿Qué destino tenían los cuerpos que día a día eran sacrificados a los dioses?
Al respecto, Michael Hamer que ha analizado esta cuestión con más inteligencia y denuedo que el resto de los especialistas, afirma que «en realidad no existe ningún misterio con respecto a lo que ocurría con los cadáveres, ya que todos los relatos de los testigos oculares coinciden en líneas generales: “ Ias víctimas eran comidas “.

Los numerosos trabajos científicos -tesis doctorales, libros publicados por prestigiosos académicos de fama mundial- con los que contamos hoy, no dejan lugar a dudas de que en Mesoamérica había una nación opresora, la azteca, y cientos de naciones oprimidas, a las cuales los aztecas no solo le arrebataban sus materias primas -tal y como han hecho todos los imperialismos a lo largo de la historia- sino que les arrebataban a sus hijos, a sus hermanos… para sacrificarlos en sus templos y luego, repartir los cuerpos descuartizados de las víctimas en sus carnicerías, como si fuesen chuletas de cerdo o muslos de pollo para que esos seres humanos desmembrados, sirvieran de sustancioso alimento, a la población azteca.

La nobleza se reservaba los muslos y las entrañas se dejaban al populacho. Las evidencias científicas con las que contamos hoy, no dejan lugar a dudas al respecto. Era tal la cantidad de sacrificios humanos que realizaban los aztecas de miembros de los pueblos por ellos esclavizados, que con las calaveras construían las paredes de sus edificios y templos.

Es por eso que, el 13 de agosto de 1521, los pueblos indios de Mesoamérica oprimidos por los aztecas festejaron la caída de Tenochtitlan.

Como usted, señor presidente, tuvo que reconocer en su discurso, a regañadientes y entre líneas, es materialmente imposible pensar que, con apenas 300 hombres, cuatro arcabuces viejos y algunos caballos, Hernán Cortés pudiera derrotar al ejército de Moctezuma integrado por 300.000 soldados disciplinados y valientes. Hubiese sido imposible, aunque los 300 españoles hubiesen tenido fusiles automáticos como los que hoy usa el Ejército Español.

Miles de indios de las naciones oprimidas lucharon, junto a Cortés, contra los Aztecas. Por eso, su compatriota José Vasconcelos afirma que «la conquista la hicieron los indios».

¿Y que aconteció después de la conquista, después de esas primeras horas de sangre, dolor y muerte? Todo lo contrario de lo que usted afirma.

España fundió su sangre con la de los vencidos y con la de los liberados. Y recordemos que, fueron más los liberados que los vencidos. México se llenó de hospitales, colegios bilingües y universidades.

España envió a América a sus mejores profesores y la mejor educación fue dirigida hacia los indios y los mestizos.

Permita recordar señor presidente, que tan respetuosos fueron los libertadores españoles -perdón: los conquistadores- de la cultura de los mal llamados pueblos originarios que en 1571 se editó en México el primer libro de gramática de lengua nahualt, es decir 15 años antes de que en Gran Bretaña publicase el primer libro de gramática de lengua inglesa.

Todos los datos demuestran que, al momento de su independencia de España, México era mucho más rico y poderoso que los Estados Unidos.

Perdóneme usted, señor presidente, que me vaya un poco por las ramas, pero quisiera sugerirle, con todo respeto, que el próximo 2 de febrero, cuando se cumpla un nuevo aniversario del ignominioso tratado de Guadalupe Hidalgo -por el cual los Estados Unidos arrebataron a México 2.378.539 kilómetros cuadrados de su territorio- usted realice un gran acto como el que organizó para el 13 de agosto.

Que para realzar el mismo, invite al presidente de los Estados Unidos Joseph Biden y en un gran discurso, cuando esté ante el presidente estadounidense, le exija que pida perdón al pueblo mexicano por haberle robado Texas, California, Nuevo México, Nevada, Utah, Colorado y Arizona, tierras que fueron indiscutiblemente parte de México.

Por último estimado presidente quisiera contarle que, como desde niño siempre me he sentido ligado sentimentalmente a los pueblos oprimidos -quizás por haber nacido en un hogar humilde de la ciudad de Rosario en la República Argentina-, si pudiese viajar en el túnel del tiempo, una y mil veces, me sumaría a los apenas 300 soldados de Hernán Cortés que, con el coraje más grande que conoce la Historia, liberaron a los indios de México del imperialismo antropófago de los aztecas.

Marcelo Gullo Omodeo


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