Una curiosa fauna que aumenta su poder desproporcionado en perjuicio de otra especie menos evolucionada

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En el mundo siempre han existido bestias de mentalidad subrogada a sobrevivir como sea y de rasgos físicos idénticos al ser humano. Algunos expertos los pretenden estereotipar con otra definición más cercana a los que acechan como lobos, sin perder ocasión de citar a los que están en boga y reconocidos como de naturaleza adherida a un licántropo.

Aparecen en la vida con un semblante moreno de piel gastada casi siempre recién pasado por los rayos “uva”, que ha acentuado su faz, sobresaliendo la palidez de sus rasgos imitando a una máscara draconiana, tal vez sin ocultar lo burlesco para que nadie sospeche de sus intenciones. Sus ojos poseen el arte de la seducción, cautivando y atrayendo presas que no se ahuyentan de su presencia y de sus múltiples poderes hipnóticos, que a la vez puede tener la impresión la víctima de sus influjos de estar ante una representación deseada, sin importarle demasiado aproximarse a un temor desconocido, profundo e inexplicablemente irritante tan subliminal que termina por doblegarse sin valorar las consecuencias.

No pierden la calma, controlan sus estados anímicos, se sustraen a una reserva de laberintos que emanan de la retórica grecorromana de decir mucho con pocas palabras, para que pocos las entiendan para desmarcarse cuando les apetezca y no dar a conocer de sus verdaderas y negativas cualidades y mucho menos sus intenciones, muchas veces mezquinas casi siempre que suelen introducirlas en un obituario de perdones pactados, recogiendo entre esos actos de perversas interioridades una mezcla de adrenalina que sin ser agresiva tampoco es pausada, para saciar sus meditados movimientos como personas reconocibles de las que se desprenden estudiadas excentricidades, aunque también hay que añadir que no pueden evitar en ocasiones explosiones de conducta alterable, asimilando una brusquedad que los hace temibles mientras utilizan la hipocresía, incluso para muchas personas que entienden ese fenómeno como un síntoma inteligente, atractivo y muy interesante, en donde la calma está escondida y aparece voluntariamente la conciliación para sellarla con una sonrisa de ser obligadamente necesaria.

Cuando son jóvenes, procuran pasar inadvertidos y sus cambios de humor suelen masticarlos a dentelladas antes de salir de la cocina cerebral, para no dar una visión de debilidad y desconfianza. En ocasiones no pueden evitar que la exigencia de un principio se traduzca en un sentido brusco de abordar engañosamente los problemas más acuciantes, de los que casi siempre son incapaces de resolver por la única razón de no dar a nada la importancia que se merece que no sea su postulación al triunfo, mientras que a medida van cumpliendo años, esos ataques de ira camuflada, repentina y premeditada se duermen antes de aparecer en una actitud pasiva y jamás desafiante. Sin duda en este capítulo de reconocimiento estamos refiriéndonos al género humano en general, no a empresarios ni a políticos, ni siquiera a psiquiatras empedernidos de insaciables actitudes y al descubierto de sus disfrazados misterios cobijados en sus instintos, ejercidos en ambientes hospitalarios, otros con un sentido oficioso y organizado que nunca se consideran distantes en este mundanal ruido, cuando emergen los aplausos en un auditórium repleto de curiosos, farsantes y gentes que a lo mejor son sus vecinos, que creen que con solo alabarles van a conseguir un regalo a corto plazo, lo que hace que mientras dure el evento, un eco de complicidad reine por lo mucho que se dice y no termina de matizarse.

Los políticos, empresarios, profesionales de toda estirpe, monjes, el pueblo llano y siempre hay que apuntillar el “no todos”, deberían pasar por una escuela antes de ejercer la medicina de la impunidad, ya fuesen abogados, economistas, periodistas, médicos, chantajistas, bandoleros de poca monta y croupier de casinos, pues lo importante sería facilitarles una vez terminado el curso, un diploma de méritos comprobados y la copia de una llave que debería tener todo el mundo que los elige para servirse de su sapiencia, la que abre la transparencia y el método para pedir explicaciones, adjuntando el sobre lacrado del castigo y un reloj de arena como souvenir para cuando la sentencia por sus bajezas se evidencie, les haga sufrir lo insoportable y el último granito de las ínfimas partículas se amontone y así dar impulso a hacer bajar la hoja severa de una guillotina certera, que debería llevar cada uno de los interpelados como un objeto accesorio de su destino. Una única forma de saber que la decepción y la corruptela tiene “premio”.

Hay que modificar los códigos de comportamiento de los licántropos arrepentidos y capaces de transformarse, además de permitir que las gacelas puedan maquillarse para defenderse y dar origen a lo irresistible, dejando que la fauna de todo bicho viviente circule libremente en un jardín de maleza enrarecida y enormes piedras volcánicas, que hay que reventarlas sin miramientos si en ellas intentan esconderse esos especímenes producidos por nuestra incompetencia benevolente, esos mismos que salen huyendo por la puerta de emergencia de las irresponsabilidades cuando fueron elegidos para velar por una vida que desprecian y el progreso evolutivo que lleva a pacificar un zoológico sin jaulas ni barreras, haciendo que la situación dantesca de los más vulnerables, de aquellos distintos que no han tenido la suerte de parecerse a ellos, gocen al menos de la libertad aun siendo sordos y mudos, o quedar ausentes de memoria ante compromisos necios y miradas intimidatorias, para ser sustituidas por prismáticos, anteojos, antifaces para ciegos y los que pretendan ser miopes, cazarles para enjuiciarles a los que ya impedidos dejan de transformarse en depredadores, cuando en realidad son unos gatitos con zarpas de tigres huraños y rabiosos.  


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