Una distopía o el jardín del horror al que nos han llevado nuestros propios errores

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Era, hace tiempo, un siglo distinto más que siendo desconocido para el recién nacido, todavía no había cumplido con la premonición de finalmente amortizado y por ende sucumbido, en el que corrían días tenebrosos, repletos del vacío que significa no hacer nada, ni por unos, ni por otros, ni incluso por uno mismo.

Corrían las depresiones que desconocían la salud mental de un parto incontenible de ideas perras, amartilladas en el yunque del horror eterno, que ni tan siquiera la psiquiatría, que había desaparecido de la faz de una tierra estéril, explicaría lo que era y sin buscar más explicaciones sería la de enfundarse en un abrigo de tristeza perpetua, que inducía a refrescar incomprensiblemente la cabeza como un cajón a infinidad de grados bajo cero, quizás por falta de comprensión y mucho desconcierto, y así a la vez sirviese para protegerse de los rayos solares corrompidos, que contaminaban una y otra vez la conciencia sin ciencia, sapiencia y un miedo atronador a todo lo que olía a humanidad de pandereta, que amanecía inesperadamente en un grafiti en cualquier muro de piedra, como un sortilegio divino que a lo mejor nos llevaría al infierno y a no pensar más en las elucubraciones estúpidas, que nos siguen redimiendo cuando ni siquiera las retenemos en conserva.

Corrían los galgos, los ciegos de virtud, los mancos sin cabeza, es decir de todo, y los todavía hombres y mujeres al mismo tiempo que no dejaban de pisar las trampas al llegar a las alambradas, que impedían el conocimiento y el provecho de aprender que la historia se deshacía de recuerdos, desvanecidos por una cruenta represalia de un virus invisible que todavía nos la tenía jurada.

Era el caos corrosivo de las inútiles miradas perversas, que ya se dirigían ni siquiera cabizbajas, a unos ombligos en donde el ego yacía para doblegarse de un dolor inimaginable, en donde las musas y las musarañas se entendían amigablemente entre las novelas rosas escritas por los mediocres dicharacheros convertidos en políticos de feria, financiadores de leyendas leídas a balbuceos por los niños con brazaletes de hoces, martillos, rosas púrpuras y esvásticas, que dejaron de existir cuando alcanzaron la plenitud de considerarse borrachos de un sistema que los destripaba, diseminándoles para encontrarlos como hormigas en un sendero o una ciudad sin nombre, para después hallarlos en las calles como lobos hambrientos, distinguidos por tener más cicatrices en la cara que latigazos en la espalda.

Era, es y será toda una huella del sufrimiento, mientras los progenitores caían abatidos en la fosa profunda de la desesperación, por no poder darles sustento cuando nacieron sin alas y ni siquiera el llanto de indefensión de un loco, buscando a quien agarrarse de un brazo para por compasión liberarse del violento momento de hablar con razón pero sin ningún argumento.

Era, hace tiempo, un siglo de poemas, promesas y mercachifles que ostentaban una estrella o una placa de autoridad planetaria, más falsa que su propia acta de nacimiento, los que tuvieron la cobardía de asaltar las altas cimas de las cárceles de papel, que resguardaban a los presos, que pensaban como salir de ese atolladero sin haber cometido crimen alguno, ni tan siquiera un exceso de velocidad en un automóvil que dejó de circular hace siglos cuando la electricidad desapareció, las aguas de los pantanos se secaron y el viento dejó de soplar para que el sol hiciese su trabajo, como el de abrasarnos por haber dejado de adorarlo.

Y ahora que acabo de despertar tras las dosis nocturnas de las pesadillas recetadas por el único veterinario que conozco, que soy yo mismo y mis circunstancias, que son mías y de nadie más. Me doy cuenta qué no estoy narrando el sueño de una noche de verano de un pasado apocalíptico del que ya no recuerdo nada, haciéndolo desde un rincón del purgatorio en donde me he escondido camuflado entre inocentes y otros bastardos, algunos animales sin extrañas de dos patas con calcetines harapientos, los mismos que calzan los pies de las dóciles criaturas que carecen de toda culpa, para seguir implorando el perdón de aquellos que todavía no me dejan dormir con los ojos cerrados.

Era, hace tiempo, un mundo de quimeras inalcanzables que las teníamos bajo nuestras posaderas a todas las horas del día, pisoteándolas para ni siquiera sanear nuestras botas mugrientas y desvencijadas de clavos, pidiendo con arrogancia que un limpiabotas las lustrase, para volver a empezar el mismo ritual de siempre, no dejar que nada ni nadie se levantase para tener más valor o alcanzar la oportunidad de protestar por estar peligrosamente desnudo de intenciones y descalzo, al pie de su propio acantilado, esperado una orden, una sonrisa, una mirada furtiva y serena que invitase a dar un primer y último paso.

Era, y siempre todavía faltaba un segundo para recibir el impacto de lo que da en llamar el último suspiro, la fuerza que mata nuestro ego, la autosuficiencia injustificable, el aullido por los pecados, el holocausto interior, que por desconocerlo hasta hoy y hace un instante, me he dejado llevar con el amigo destino y su guadaña de acero invisible que ya huele a un campo de exterminio.

No hay paz para los que hemos desafiado al que nos vigila sonriendo, dejando entrever la comisura de los labios en una imagen para los que creen en salmos y escenarios serios, dejando que cometiéramos lo peor que imaginábamos, para jugar y arrastrarnos por los lodos de la complicidad y sentirnos en cada momento más seguros e impenetrables, más salvajes y comprensivos con nadie que no tuviésemos rendido a nuestra faz enmascarada y semejanza cinematográfica, de barro y color escarlata, después de saciarnos de sangre y miedo en esta distopía, tan mal nacida que nos falta al respeto cada vez que abrimos la boca, por eso escribimos lo que sentimos. ” Ave César, los que van a morir te saludan “.  


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