Una España única, indivisible, compasiva y campechana, con permiso de una pactada entropía.

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Los creadores de los pequeños mundos embadurnados en ese tinte político y social que narra a todas horas una libertad reprimida significada en un lazo amarillo, sumidos en la ambición propia y de unos cuantos secuaces que se aprovecharon de las concesiones autonómicas desde que se instalaron en las tribunas de la oratoria “verbalizada y catalanizada” de las influencias conspirativas, presumiendo alcanzar el objetivo final de hacerse reconocer como modelo “integrador” de un secesionismo progresista a experimentar en una Europa distraída, han seguido emanando su mediocre oscurantismo y un presupuesto para explotar la disconformidad del que todavía no se sabe de que fuente inagotable al parecer bebe, no sin antes sembrar confusión y tonterías, siguiendo con sus algaradas públicas y persistiendo, después de ser descubiertos, en continuar amargar la vida a los ciudadanos, creando discrepancias, temores, huidas empresariales y represalias de las fiscalías, que consideran bastardas y poco representativas para ejercerse con entereza a su propia Justicia, quejándose como supuestos pacifistas, pletóricos de una ambigüedad en la que se han llegado a creer que pertenecen a una raza superior, más inteligente y agraciada, que trata de negociar una independencia que según sus cálculos será beneficiosa para una España dividida, sin percatarse que son el ejemplo de una perversión del sistema, el mismo del que se han lucrado y les ha permitido disfrazarse de orates ignorantes e incomprendidos que se acogerán como mártires de un proceso aplastado, que a buen seguro algún gobierno débil y trastocado les concederá el indulto pactado de antemano.

Y hete aquí que apareció Pedro y Pablo, que disimulando por el foro de los 350 diputados menos cuatro insurrectos expulsados, hacen el paripé del silenciado partidismo y de no entenderse para la coronación del “chef” del gobierno, con 176 escribientes necesarios para iniciar una historia y para que comience el espectáculo, de una legislatura hambrienta de sucesos y algunos insultos que recogerá un diario de sesiones aburrido que sigue sin tachar nada de lo que se escribe en negro sobre blanco, que incluso podría llegar a editarse para resultar ser un “best seller” con encuadernación constitucional, cuando llegue el día que los “prisioneros de la estelada con acta pero sin título de derecho”, aparezcan por el pasillo de los rehabilitados al ser perdonados y vitoreados, después de advertirles que mejor jugar en la arena alfombrada para no conseguir nada, pero al menos seguir viviendo de la “vaca lechera” que buena leche da desde los pesebres del Estado… o si lo prefieren botellines de cerveza barcelonesa.

Y mientras tanto el rey emérito se despide de sus funciones diplomáticas para seguir gozando de sus privilegios con renta, evitando que no disminuya un ápice su fortuna incalculable, mientras recoge sus últimas pertenencias afeando el panorama de sus críticos y simpatizantes, que ya no le ven tan campechano al tipo de la corona cedida a su hijo, cuando alguien le dijo al oído que ahora sonaban bastos y ruidos de sables desenfundados y en alto.


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