“La violencia a un menor convierte al pervertido en un animal incontrolable“.

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Hay personas que nunca deberían haber salido de su estercolero, y de hacerlo deberían ser sacrificados como a cerdos.

Quiénes solemos informarnos de lo que ocurre en el mundo, en ocasiones topamos con noticias sobre sucesos que nos dejan incómodos cuando la sensibilidad se envilece con una narrativa demasiado repetitiva y dramática, dejándonos un regusto a sabor muy amargo y avinagrado con extremado dolor en el pensamiento, máxime cuando por la profusión de similares noticias en el mundo coinciden en demostrar que existe una corriente de aberración que se ensaña con los niños cuando los adultos sin piedad alguna abusan de ellos y de una forma desmedida, sin tener en cuenta que la Ley penaliza ese delito con fuertes sentencias pero insuficientes y escasamente ejemplares para que no vuelvan a ocurrir los hechos, aunque comprobado esté que lo que se demuestra cómo un exceso reprochable, a los pervertidos les da igual si con eso satisfacen su endemoniada enfermedad sexual, careciendo de escrúpulos que se añaden a la gravedad, sin importarles demasiado ser aprehendidos in fraganti, denunciados y encarcelados, para después al salir, como en la mayoría de los casos que así ocurre, volver a reincidir.

¿ Por qué ocurre está a anomalía en la mente calenturienta de este género tan inhumano y con tanta falta de respeto por sus iguales, máxime cuando los mismos son más inocentes y vulnerables ?.
Francamente, si tenemos que atender a las versiones de psicólogos clínicos y neurólogos, llegaríamos a la conclusión de que se trata de un trastorno psíquico que se inicia con un complejo de Edipo o Electra, para dar paso seguidamente a la curiosidad o a la venganza de dar rienda suelta a un deseo carnal contenido en el tiempo, ejerciéndolo en un instante y por vez primera contra los más indefensos, ya sea por haberlo perecido también en su niñez el infractor, o por la acumulación de represión que insatisfactoriamente ha ido acumulando hasta la aparición determinante de accionar la llave de lo irrefrenable, masticándose un ambiente hedonista que crea adicción y atrevimiento.

Todo lo dicho anteriormente no es justificación alguna para admitir que existe una tara y una obsesión difícil de corregir, lo que nos conduce a que para impedir que se contagie ese virus, lo mejor sería y sin más preámbulos de dilaciones legales ir la castración química y la dosificación de sustancias tranquilizantes que no derivasen a un problema mayor, como sería el intentar nuevamente la violación y al no poder consumar el acto, optar por acabar con la vida de quien en teoría le pone freno a sus perversos instintos.

A decir verdad, y en opinión propia, determinados injertos de nuestra sociedad que causan tanto mal, ofrecerles la rehabilitación es como darle de comer al escorpión y después, más tarde o más temprano, percibir que te ha picado en la mano y con un dolor intenso tener la sensación que tú vida se está acabando. No existen remedios placebos ni adoctrinamientos que valgan para subsanar deformaciones en la conducta de unos tipos caracterizados por el deseo convulso y sádico de hacer daño a los más jóvenes para experimentar placer, lo que nuevamente nos conduciría a estimar una reprobación ajustada en grado sumo al daño que se infringe con premeditación y alevosía.

A los niños y niñas que les han arrastrado a padecer uno de los peores pecados o lacras con signos de indefensión de la naturaleza, como es el abuso descarnado de sus frágiles cuerpos, aunque fuese puntual o reiterado, los perturbados no deberían tener la oportunidad de salirse nuevamente con la suya, pidiendo perdón y dejarse confinar por un tiempo, para volver a reincidir en la calle con el certificado de máximo peligro. Ni siquiera bastaría tatuarle en la frente ” Peligroso soy, mantengan a sus hijos fuera de mi alcance“, lo que nos hace suponer que ya han entendido lo que habría que hacer con esos salvajes rabiosos, que además de enloquecer, violar y acabar en muchas ocasiones con la vida de sus torturados que siempre podrán ser testigos de sus infinitos errores, podrían seguir riéndose de una sociedad demasiado cristianizada que intentará buscarles comprensión y consuelo, mientras estos indeseables cruzan miradas de desidia y lujuria maldita cuando tienen ocasión de hacerlo en el mismo patio, a la hora de recogerlos en ese mismo colegio o mientras juegan en el parque, al que posiblemente también vayan sus hijos, lo que nos viene a recordar que en estos tiempos convulsos y tan permisivos, lo mejor es no fiarse de esos astutos miembros del diablo que visten sus caras con sonrisas que ocultan colmillos vampirizados, y dulces palabras que en su penosa existencia jamás ellos escucharon.

Si a las ratas las exterminamos por las enfermedades que podamos contraer, con esos vestigios de la maldad que tienen capacidad de comunicarse para convencer y secuestrar, obligar y lacerar voluntades, algo más habrá que hacer con ellos, cuando el daño se transforma en irreparable, quebrando el sentido y perjudicando la ilusión y la memoria, para estar atemorizados los damnificados de por vida con un trauma inexplicable por lo sórdido de la experiencia sufrida.

Y no vamos a pasar por alto los innumerables casos de pederastia, pedofilia o cualquier vicio consumado por clérigos, profesores y familiares cercanos al que su autoridad y cercanía agrava la posesión desmedida. La falta de autocrítica, las penas que se acreditan y las indemnizaciones que se barajan como una simpleza de poca importancia y recurrente homilía, nunca serán suficientes para devolver la sonrisa a una inocencia robada, perdida y marchitada de por vida.

¡ Qué asco nos dan quienes siguen tolerando y justificando la reinserción de unos animales depredadores, bestias malignas, unos devoradores de vidas que deberían ser como mínimo confinados de por vida para evitar que sigan haciendo daño, o en su defecto sacrificados igual que se hace con los cerdos !.


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