Vivo sin vivir en mí, con otr@, consigo mism@, que puede ser capricho y en República Dominicana, que ya es mucho decir

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Este es un pueblo que nada tiene que ver con la morfología biológica, o quizá si en cuanto al descanso y la siesta que les dejaron heredada otros que dicen fueron sus antepasados. Unos dicen que fueron los colonizadores de blasones con cruces estampadas, que primero la hacían no sin cierto recelo de ser degollados por la forzada compañía, pero tampoco no sin antes cargar sus arcabuces, mientras no demasiado lejos, los más llamativos nativos experimentaban otro encuentro de perplejidad y alucinaciones, fruto del “cannabis” para mitigar sus dolores, después de adolecer y sufrir de una descarga desafortunada de copiosas flechas indigestas, recibidas por unas ballestas certeras y endemoniadas, que de algún vistazo cegato llegaba a la víctima por simple deducción, puesto que eran muchos los blancos a acertar sin elegir y exigirse demasiado, dejando que hoy eso a modo de bagatela de la que nadie fue testigo, que aunque no se olvida por los ignorantes que por ello y eso no pueden ser testigos, todavía se les respeta al aludir que reniegan del pasado, cuando ni siquiera eran llamados a poblar este mundo, llegando a la conclusión que sin importar que se imprima un sueño persecutorio, declarar que poco, todo o nada ha cambiado, puesto que hoy los subalternos o lo que sean, se siguen levantando pronto y duermen demasiado, para que todo en un servil peregrinaje a librar como sea el día para comer y después aprender el capítulo del libertinaje a través de un curso de corsario, la decisión u obligación siga exactamente igual, unos aprovechándose de otros y otros sustrayendo para aprender la lección de corrupción del menudeo o mendigando algo, dado que hay mucho todavía por aprender.

Y así va la historia, la vaina que como interjección, casi siempre inteligente y supina para no molestar a la santa inquisición actual, merodea en todo lo transitorio para no decir nada, y seguir la efemérides con una copa de ron y un puro de la prestigiosa firma y con vitola monárquica Leonardo Gil y su combo, que lo empleará para dar coro a sus fértiles canciones compuestas por el otro de apellido Favio, sensibles donde los haya con los dogmáticos y pasmados admiradores, esos que se escudan tras la palmera de un celular a modo de celuloide, que cada vez siendo menos y todavía son unos pocos, esos que creen que no son vistos, mientras le rezan a un coco para ver aparecer entre las aguas a otros, que no le serán desconocidos, y así seguir su ruta camino de ese descanso poco comprendido y sugerido por tramoyistas y directores de esta obra diaria que es vivir en el Caribe cultivado, en donde todo se exige y a nada se obliga, mientras se muere de bala, de hambre por negar un guineo, o por la mera fajada causada por el olvido, el insulto que no se oye y los celos de algún clérigo enamorado de la noche, que no fue correspondido pero si asustado cuando no debió predicar donde todo se olvida y el silencio es venerado, pensando que era casual e instante cuando llegó el motoconcho a recogerle y no pudo darse cuenta, que era el marido de la feligresa asustada que no llegó a ser infiel pero si deslumbrada, que buscaba compañía para almacenar sin querer, nuevas balas en el tambor de su revólver que nunca fue de su propiedad.

Y así termina la historia de Pedro Navaja, buscando refugio en un lupanar, cuando en la madrugada se ha puesto precio a su cabeza, que a buen seguro conservará, mientras le quede labia e insista en que el perdón de los pecados empieza en una góndola de venta de ron, en cualquier supermercado o en una riña amistosa de los que “toy quillao” en el clamor de cualquier calle.. pues nada es lo que parece, mientras se viste la “morena” y desaparece por el mismo lugar de donde vino, que en ningún momento apareció, salvo en los sueños de este club de “fumatas” empedernidos, más inocentes que un santo y más traviesos que el copón.


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