Y en eso llegó el “coronavirus”. Se acabó la diversión, llegó el nuevo orden y mandó parar

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Parece que está triunfando el complot de reducir a la sociedad a una ilegalidad por su control y a su mínima expresión en cuanto a su personalidad y libre albedrío se refiere, lo que puede entenderse como la victoria de esa supremacía infame de los líderes que encabezan la riqueza y la influencia, que vapulea y sacude a los gobiernos porque ellos como deudores se han transmutado convirtiéndose en el tejido cavernoso de un sumo sacerdote displicente y perenne, por el que hacen gala y uso de su gula para demostrar el egoísmo y el abortismo de ser los causantes de la perdida de fe en nosotros mismos, admitiendo los mortales la incidencia llevada a jarras por la indecencia.

Les hemos consentido a esos intolerantes que puedan llegar a creerse ser superiores a todos los que les empezamos por admirar su suerte y su capacidad de acumular con tenacidad su posición en el mundo de la competitividad, recibiendo en pago, el cómo coartan y cercenan nuestras libertades, comparativas a la que al parecer le han puesto un precio insostenible e irrazonable, como es la estocada al derecho y presunción de una libre circulación de las personas, siempre que cumplan los requisitos impuestos por los gobiernos de acceso y salida a sus países como había resultado hasta ahora, pero jamás hubiésemos pensado que la barrera con concertinas dialécticas se impusiese por despreciar y negarse tajantemente a ponerse una vacuna.

Esa dosis controvertida de esperanza de dudosa vida, que ya ha empezado a convertirse en algo más que una duda de sanidad razonada en cuanto a sus efectos medicinales, que desmitifica la inoculación microbiológica bondadosa que desde el primer instante ha sido una mentira fabricada, está demostrando que se ha convertido en un imán de ventajas para la ordenanza suprema, con el apoyo de esa decisión monstruosa de los algoritmos indeseables del G5 instalados con nocturnidad y alevosía, que confieren una premonición en la que se pronostica que el mundo conocido dejará de ser visto dentro de un instante de igual manera como en este último minuto lo vivimos.

Nos han desprecintado la voluntad para vaciarla de contenido, dejándonos al pairo y con una serie de obligaciones que cada vez resultan más extrañas si llegan a cumplirse, y parece que lo sucedido sea tan solo un espejismo de lo que se avecina, que será todavía más duro para que entre en juego el nuevo orden mundial que nos dirá cuál será la fila para retirar una hogaza de pan, el vale para productos de limpieza o la recarga en la muñeca de esa moneda virtual que nos quieren implantar para que cada día seamos más dóciles con el consumo, pues ya no importa la producción, ni el beneficio individual por el esfuerzo, ya que los ricos ni tirándolo lo acabarían, y aún así tendríamos que arrodillarnos para devolverles su tesoro con un interés desconocido.

Todo ha sido meticulosamente planeado, la abolición de la sociedad de clase media por la esclavitud sintomática y a la vez sistemática de no padecer ni tener la sensación de cautiverio, y así con los más desfavorecidos y pobres a la cabeza con los ojos cerrados formar parte de la alineación impuesta que les ha convenido, para no despertar a la imaginación, albergando sospechas y temores de provocar una nueva revolución a la francesa, o quizás una muestra de un mayo del 68 menos pacífico, ya caduco y fuera de órbita, que sin duda ha sido olvidado en los anales de la historia.

Juan H. Belz (assideremaxime@gmail.com)


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